El Evangelio, un llamado al Arrepentimiento y a la Fe.

 Presentamos aquí un artículo de René Padilla, que fué publicado en el número 59 de Compromiso Cristiano, en Noviembre de 1998. El tema de aquella presentación fué, La Evangelización en el Mundo de Hoy.

   

El evangelio contiene un llamado que co­rre a lo largo de todo el Nuevo Testamento: el llamado al arrepenti­miento y la fe. Para que nuestra evangelización sea fiel al evangelio, también tiene que incluir esa nota. Como James Packer ha señalado bien: " la evangelización incluye el intento de lograr una respuesta a la verdad que se enseña. Es comunicación con miras a la conversión. No es sólo cuestión de informar, sino también de in­vitar". Sin esa invitación la presentación del evangelio no es completa: la invitación pone en relieve que para ser efectivo el evangelio re­quiere una respuesta positiva.

 Los Evangelios sinópticos unánimemen­te sintetizan el mensaje de Juan el Bautista como un mensaje de "bautismo de arrepenti­miento para perdón de pecados" (Mr.1:4; Lc.3:3; cf. Mt.3:6, 11), y Mateo y Marcos indi­can que Jesús llamaba a los hombres a arrepentirse ya que se les estaba ofreciendo el Reino de Dios como un don presente, puesto a disposición de todos en anticipación del fin del tiempo (Mr.1: 15;  Mt.4:17). Según la versión de la Gran Comisión contenida en Lucas, el mensaje que el Señor encargó a sus discípulos para que éstos lo pro­clamaran en todas las naciones fue "el arrepentimiento y el perdón de pecados" en su nombre (Lc.24:47). El día de Pentecostés fue fiel a ese cometido cuando exhortó a sus oyen­tes: "Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de pecados" (Hch.2:38; cf.3:l9). También lo fue Pablo cuando en el Areópago anunció que "Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hom­bres en todo lugar, que se arrepientan" (Hch.17:30) o cuando, según su propio testimo­nio a los ancianos de la iglesia de Efeso, testificaba a judíos y gentiles "acerca del arre­pentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo" (Hch.20:2l). En efecto, la afirmación de Pablo frente al rey Agripa, de que él había anunciado a judíos y gentiles "que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento" (Hch.26:20), muestra que el arrepentimiento era una constan­te del mensaje de Pablo. Y muestra también que el arrepentimiento que buscaba era la reorien­tación total de la vida: el rompimiento con el pecado y la adopción de un nuevo estilo de vida; en otras palabras, un arrepentimiento puesto en evidencia por obras (erga) específicas. 

El arrepentimiento es inseparable de la fe. No hay base para la tesis, sustentada por algunos, según la cual el llamado al arrepenti­miento fue dirigido a los judíos, y esto en conexión con la antigua dispensación -la de "salvación por las obras "-, mientras que el úni­co requisito para los gentiles, bajo la nueva dispensación -la de "salvación por la gracia"­- era creer. En apoyo de esa posición se ha dicho que Pablo, el apóstol de los gentiles, casi nunca usa la palabra arrepentimiento (metanoia) en sus epístolas. Aquí no cabe una discusión com­pleta del tema. Basten unas pocas observaciones.

        1. A la luz de la insistencia del Nuevo Testamento sobre la unidad de la historia de la salvación, no es posible mantener una distinción rígida entre la antigua dispensación y la nueva. Ya con Abraham se muestra que la fe es el principio básico que determina la relación del hombre con Dios (Ro.4; Gá.3). En efecto, Abra­ham es el padre de todos los que tienen fe (Ro.4: 11, 16). 2. Como ha quedado establecido arriba, el arrepentimiento es uno de los elementos cons­titutivos del mensaje que los discípulos de Jesús, según su comisión, debían predicar en todas las naciones. La historia de la expansión de la fe cristiana, según la narración de Lucas en He­chos, no deja lugar a dudas de que los apóstoles (incluyendo a Pablo) fueron fieles a esa comi­sión. 

3. El Nuevo Testamento en su totalidad muestra que la separación del pecado y la obe­diencia a la verdad son inherentes a la salvación. En contraste con "la tristeza del mundo" -la tristeza vacía de disposición a alejarse del peca­do-, "la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación" (2 Co.7: 10). Como lo expresa León Morris: "el pecador arrepentido no sólo se entristece por su pecado, sino que por la gracia de Dios hace algo al respecto: rompe definitivamente con él". Don­de no hay un arrepentimiento concreto tampoco hay fe genuina y, consecuentemente, tampoco hay salvación. El asentimiento intelectual a la soberanía de Jesucristo es insuficiente para par­ticipar de las bendiciones del Reino que están a disposición de todos por medio de él. Lo dijo Jesús: "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos" (Mt.7:21).

 4. La genuinidad tanto del arrepentimien­to como de la fe se manifiesta en sus frutos: las buenas obras. Y sin embargo, no cabe la menor duda de que la salvación es por la gracia. Aparte de la intervención divina el evangelio permane­ce "encubierto" y no puede ser percibido por el hombre natural (2 Co 4:3; cf.1 Co.2:14). El arrepentimiento es un mandamiento (Hch.17:30), pero sólo es posible cuando Dios lo otorga (Hch.11: 18). Es su benignidad la que conduce al arrepentimiento (Ro.2:4). Si no fue­se por la gracia de Dios, de hecho el hombre preferiría evadir la incómoda experiencia de romper con el pecado a fin de seguir un nuevo estilo de vida. Lo que hace posible que responda en arrepentimiento y fe es la entrega que Dios hace de sí mismo en Jesucristo. El evangelio es "poder de Dios para salvación a todo aquel que cree" (Ro.1: 16), pero es el mismo evangelio el que crea en el hombre la capacidad de creer. El evangelio es el don de Dios y como tal demanda "la obediencia a la fe" (Ro.1:5). "Dios es para nosotros y nuestra liberación, sólo para que nosotros seamos para él y su servicio. Es para nosotros, para ayudarnos, salvarnos y bendecirnos, sólo para que nosotros seamos para él, para adorarlo en la comunión del Espí­ritu y servirlo en la majestad de su propósito para siempre. Primero lo glorificamos, luego lo disfrutamos para siempre". ___ 

(Tomado de "Misión Integral". Ensayos so­bre el reino y la Iglesia, René Padilla, extractos capítulo, III, Págs. 76-79, Nueva Creación, 1986).

 

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